Era un invierno muy frío, y una noche muy oscura iba caminando por la acera de un pueblo abandonado y muy extraño.
De repente, alguien me susurró en la oreja:
- Éste no es lugar para caminar de noche...
Rápidamente me giré, pero no había nada ni nadie, sólo se oían extraños ruidos y la lluvia que caía sobre mi paraguas.
Ver que no había nadie y que me encontraba solo me daba miedo, por eso intenté, disimuladamente, ir caminando lo más rápido posible y demostrando que no tenía miedo a nada.
Cuando llegué a mi hogar volví a oir el mismo susurro de antes y esta vez me sentí con más miedo todavía.
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viernes, 26 de marzo de 2010
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